Ramón del Valle-Inclán
Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente

Índice




Introducción
2. Valle-Inclán y América: génesis de la novela

Primeros viajes

Segundo viaje a México

G�nesis de la novela



Primeros viajes

     En tres ocasiones visitó el escritor el Nuevo Mundo. La primera, con motivo de la celebración del Cuarto Centenario del "descubrimiento". Valle-Inclán elige México porque, según afirma, "se escribe con x" (lo recuerda Alfonso Reyes en su «Presentación» a la recopilación de William L. Fichter, 1952, p. 8). La boutade pone de manifiesto hasta qué punto aquel primer contacto con América respondía al mismo "impulso romántico" que empujaría a su personaje, el Marqués de Bradomín, hasta aquel país en la Sonata de Estío (1903). El escritor tomó tierra en Veracruz el 8 de abril de 1892, permaneció probablemente algún tiempo en dicha ciudad, quizá colaborando en la redacción de El Veracruzano Libre, para luego trasladarse al Distrito Federal, donde escribe asiduamente en El Correo Español, órgano de la colonia española en la capital del país, y en El Universal, en el que tenía una sección fija denominada «Ecos de la prensa española». Permaneció en el país hasta principios del año siguiente: su último artículo en México está fechado en enero de 1893 y en la primavera de ese año se halla de nuevo en Espaía, después de haber pasado, en el viaje de regreso, una corta estancia en Cuba, de la que apenas ha quedado documentación (v. Salvador Bueno, 1955; y Margarita Santos Zas, 2001 y 2005).
     De sus actividades durante aquella primera visita habría que destacar la publicación de un puíado de artículos que, según confesaría el propio escritor años después, decidieron la vocación literaria del joven Valle-Inclán:
   —Hace veinticinco años —nos dice don Ramón— que estuve por primera vez en México. Y usted no sabe cuán grato a mi espíritu es regresar de nuevo a este país, en donde encontré mi propia libertad de vocación. Debo, pues, a México, indirectamente, mi carrera literaria. ¿Por qué? Voy a decirlo enseguida: Mis padres allí en Espaía querían que yo me recibiese de abogado, es decir, que yo terminase esa carrera espantosa a la cual no tenía ninguna inclinación, a pesar de que ya soólo me faltaba el último examen. Pues bien, para no terminarla, me trasladé a México con el dinero que me dieron para recibirme, y aqué empecé a seguir mi propio camino, es decir, el literario, no sin antes haber pasado por algunas vacilaciones, ya que solicitaba tambión muy poderosamente a mi espíritu la carrera de las armas... (Esperanza Velázque Bringas, Manuel Horta y Roberto Barrios, «Don Ramón María del Valle-Inclán en México», Repertorio Americano, San José de Costa Rica, 28-XI-1921; en Entrevistas, conferencias y cartas, p. 205).
Tambión una anécdota curiosa que merece la pena relatar por su lejana (y opuesta) vinculación con Tirano Banderas: a las pocas semanas de su llegada a la capital mexicana, el escritor leyó en El Tiempo una carta firmada por "Oscar" en la que, con argumentos muy parecidos a los que Valle-Inclán utilizará en su novela de 1926, se ponía de vuelta y media a los españoles residentes en México; se les acusaba en dicha carta de connivencia con la dictadura de Porfirio Díaz y de buscar su propio enriquecimiento a costa de la explotación del pueblo mexicano. El joven escritor sintió entonces ofendido el honor patrio —años después tan certeramente satirizado— y desafió al director de la publicación, Victoriano Agüeros, a un duelo que no se llegaría a celebrar, pero que dio al gallego una cierta notoriedad al otro lado del Atlántico (víase Fichter, 1952, pp. 29-36). En 1921, con motivo de su segunda visita a México, Valle-Inclán afirmaba no recordar el incidente (Ruy de Lugo Viía, «Las últimas palabras de Valle-Inclán en México», El Universal, 14-XI-1921; en Dougherty, 1983, p. 133), aunque algunos días antes había declarado tener recuerdos "muy claros, muy precisos" de su primer viaje (Manuel Horta, «Don Ramón del Valle-Inclán en México», El Heraldo de México, 20-IX-1921; en Dougherty, 1983, p. 118).
     Fruto de ese primer viaje es tambión el proyecto de un libro nonato que, significativamente, había de llevar por título Tierra Caliente; de éste publicó Valle-Inclán una serie de fragmentos que serían luego, con más o menos modificaciones, incorporados a «La niía Chole», uno de los relatos de Femeninas, y a la Sonata de estío. En ellos destaca un rasgo que luego volveremos a encontrar: la fusión de motivos y paisajes caribeños y mexicanos en ese escenario indeterminado —Tierra Caliente— que recuperará para ubicar la tiranía de Santos Banderas. El denominador común de todos esos textos de ambiente americano es la visión predominantemente exótica que el escritor tiene del Nuevo Mundo, un espacio salvaje que ofrece al aventurero —Andrés Hidalgo o Bradomín— la posibilidad de poner a prueba todas sus facultades. Muy significativo resulta, por ejemplo, comparar la diferente perspectiva que de los plateados ofrece en la Sonata de estío y en Tirano Banderas; de aquellos bandidos exaltados románticamente tanto por "su fiera bravura como por su galán arreo" (Sonata de estío, Obra completa, I, p. 427) no quedará en 1926 mucho más que el paso cojitranco del sanguinario y potroso Coronel Irineo Castañón (Quinta Parte, Libro Primero, II). Encontramos, sin embargo, ya en fecha tan temprana un cierto interés, solapado todavía por el exotismo, hacia la figura del indio, al que se caracteriza fundamentalmente por su silencio y sumisión, por esa "tristeza transmitida, vetusta, de las razas vencidas" (Sonata de estío, Obra completa, I, p. 411).

     El segundo viaje de Valle-Inclán a América tuvo, en cuanto a la génesis de Tirano Banderas se refiere, menos transcendencia. En 1910, junto a su mujer Josefina Blanco y la Compañía Guerrero-Mendoza de la cual aquélla era actriz, recorre durante siete meses Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile y Bolivia. Durante el viaje, además de dar algunas conferencias sobre literatura (v. Sánchez-Colomer, 2002, pp. 132-148), tuvo el escritor la oportunidad de familiarizarse con todas las variantes del idioma, de conocer una gran muestrario de paisajes y de gentes, de profundizar, en definitiva, en esa compleja realidad americana que habrá de sintetizar en su novela de 1926. Es esa variedad la que está presente ya en La pipa de kif (1919); la combinación de olores y sabores, sonidos y palabras que se condensa en «La tienda del herbolario» apunta a la síntesis americana que desplegará en Tirano Banderas. Y junto al irresistible exotismo, la imagen, cada vez más concreta, con una visión cada vez más clara de sus causas, de la tristeza del indio:

Zumo de Pita. Pulque. Placeres
de Baco, y celo por las mujeres.
Melancolía de aquellos llanos
de Apan. Jinetes. Áureos jaranos.
Melancolía del indio. Pena
de los que arrastran una cadena.
(La pipa de kif, Obra completa, II, p. 1308)
     Sucede que al otro lado del Atlántico un continente empieza a despertar; desde 1910 México vive un proceso revolucionario que Valle-Inclán, como otros muchos españoles, sigue con la atención de los v�nculos juveniles. En 1918, en una entrevista con José López Pinillos, hace explícitas las esperanzas depositadas en esa Revolución:
   —A mí México me parece un pueblo destinado a hacer cosas que maravillen. Tiene una capacidad que las gentes no saben admirar en toda su grandeza: la revolucionaria. Por ella avanzará y evolucionará. Por ella... y por el cáñ;amo índico, que le hace vivir en una exaltación religiosa extraordinaria.
   —¿Por el cáñamo índico?
   —Por la yerba Marihuana o cáñamo índico, que es lo que fuman los mexicanos. Así se explica ese desprecio a la muerte que les da un sobrehumano valor. («Vidas truncadas. La vocación de Valle-Inclán», Heraldo de Madrid, 15-III-1918; en Entrevistas, conferencias y cartas, p. 186).
La vinculación de Valle-Inclán con la causa de la Revolución Mexicana corre pareja a su propia toma de conciencia de la realidad, determinada a su vez por el devenir de la vida política española, por la descomposición de un sistema que empujará al escritor, como a tantos otros intelectuales, a la búsqueda de alternativas políticas y sociales.

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Segundo viaje a México

     El segundo viaje de Valle-Inclán al país centroamericano, cuyas circunstancias fueron casi rocambolescas, será decisivo en la concepción de Tirano Banderas. En enero de 1921 y a través de Alfonso Reyes el escritor recibió una invitación del Gobierno mexicano para visitar el país con motivo de la celebración del centenario de su Independencia. Valle-Inclán llegó a aquellas tierras a principios de septiembre de ese mismo año; durante dos meses pronuncia conferencias, concede entrevistas, es elegido presidente de honor de la Federación de Intelectuales Latinoamericanos, asiste a los actos oficiales conmemorativos y al Congreso Internacional de Estudiantes, y, en un vagón de ferrocarril cedido por el mismo presidente Obregón, recorre la República junto a otros intelectuales de la América latina —Pedro Henríquez Ureía, Diego Rivera, Julio Torri, Roberto Montenegro, Daniel Cossío Villegas, Carlos Pellicer y Orfila Reybal, entre otros. En noviembre parte, con una escala en Cuba, para Nueva York, donde, al parecer, negocia un contrato de traducción al inglés de sus obras (v. Rodolfo Cardona, 2006, y Amparo de Juan, 2008), y regresará a Espaía a principios de 1922. Aunque no volvería a pisar nunca más aquellas tierras, el contacto directo con el México de Obregón iba a consolidar su sentido de la responsabilidad histórica y social.
     La invitación oficial de 1921 pretendía, como muy bien analizó Dougherty (1979), marcar las diferencias entre la delegación diplomática española que iba a acudir al evento y una suerte de delegación intelectual que representaba el escritor. La alternativa no era baladí: Espaía —como Estados Unidos, Francia e Inglaterra— no había reconocido todavía oficialmente al Gobierno de Álvaro Obregón y condicionaba tal reconocimiento a las indemnizaciones por la expropiación de tierras; frente a ello, Valle-Inclán ostentaba la representación de la intelectualidad de izquierdas, solidaria con la política agraria y educativa puesta en marcha por el Presidente mexicano. Según informó el semanario Espaía, la embajada intelectual de Valle-Inclán dio al traste con la idea del gobierno español de enviar al director de ABC, a un ministro y a un ex-ministro romanonista con la finalidad de que "hicieran presión amistosa sobre el gobierno mejicano para que abonase a la colonia española cien millones de pesos que piden como indemnización por daños sufridos en las últimas revoluciones, cuando, al parecer, no excede el importe de seis millones" («Regreso de Valle-Inclán», Espaía, 306, 4-II-1922; reproducido por Manuel Aznar Soler, 1992c, p. 59). Efectivamente, las manifestaciones y discursos realizados por el escritor durante su visita hacen patente esa simpatía hacia la Revolución Mexicana, al tiempo que arremeten contra los latifundistas y mercaderes españoles establecidos en México y contra la política española de chantaje, lo que le granjeó la hostilidad de aquéllos —plasmada en El Día Español, órgano de los "gachupines"— y de la diplomacia oficial. Esa toma de conciencia está claramente en el origen de Tirano Banderas.
     Desde su regreso a la Península las manifestaciones del escritor se irán radicalizando. En una conferencia pronunciada el 18 de febrero alude al penoso papel desempeíado por el Gobierno español:
   En México, como se sabe, desde que Madero derrocó la presidencia milenaria de Porfirio Díaz, se han sucedido las revoluciones. A Madero, que tenía alma de franciscano, alma como la de nuestros obispos y nuestros magistrados, amante de los indios, siguió el sanguinario general Huerta, y a éste el insigne Obregón, que ha devuelto la paz al país.
   Ni los Estados Unidos, ni Inglaterra, ni Francia han reconocido el gobierno del general Obregón; tampoco Espaía, que tenía el deber de hacerlo, porque nuestro Estado anhela, para servir mezquinos y particulares intereses de algunos españoles en México establecidos y de otros que habitan en Espaía y allí poseen latifundios, vender el reconocimiento por los treinta dineros de Judas. («Conferencia prounciada por Valle-Inclán en el Ateneo de Madrid sobre el tema "La obligación cristiana de Espaía en América"», El Imparcial, 19-II-1922; recogido por Dougherty, 1983, pp. 174-175).
En septiembre de ese mismo año aparecía publicado en México Moderno un poema gestado, según Vicente Lombardo Toledano, durante una comida con estudiantes e intelectuales mexicanos y pergeíado sobre una bandera de aquel país (Martínez Saura, 1995, pp. 299-300), un texto que no deja ninguna duda acerca de la actitud revolucionaria e indigenista de su autor:

¡NOS VEMOS!

I
¡Adiós te digo con tu gesto triste, indio mexicano!
¡Adiós te digo, mano en la mano!

II
¡Indio mexicano que la Encomienda tornó mendigo!
¡Indio mexicano!
¡Rebélate y quema los trojes del trigo!
¡Rebélate, hermano!

III
Rompe la cadena. Quebranta la peña
y la adusta greña
sacuda el bronce de tu sien.
[...]

IV
Indio mexicano,
mano en la mano
mi fe te digo.
Lo primero
es colgar al Encomendero
y después, segar el trigo.
Indio mexicano,
mano en la mano,
Dios por testigo.

(México Moderno, 1-IX-1922; en Artículos completos y otras páginas olvidadas, 1987, pp. 416-418)

     La nueva fe valleinclaniana se inclina hacia la liberación del oprimido; en una carta publicada por la revista Espaía en octubre de 1923 arremete Valle-Inclán de nuevo contra la política del gobierno español:
   La Colonia Española esperaba como prenda de gratitud el pago de cuatrocientos millones de pesetas en concepto de indemnizaciones. Se esperaba una violación de las leyes del país en pro de la Colonia Española. [...] Los gobiernos de Espaía, sus vacíos diplomáticos y sus ricachos coloniales, todavía no han alcanzado que por encima de los latifundios de abarroteros y prestamistas están los lazos históricos de cultura, de lengua y de sangre. La Colonia Española de México, olvidada de toda obligación espiritual, ha conspirado durante este tiempo, de acuerdo con los petroleros yanquis. Y aun cuando ahora, perdido el pleito, alguno se rasgue las vestiduras y se arañe la cara nadie podrá negar que ha sido imposición de aquellos trogloditas hambrientos, la política de Espaía en México. («Una carta de Valle-Inclán. México, los Estados Unidos y Espaía», Espaía, IX, 22, 20-X-1923; en Entrevistas, conferencias y cartas, p. 243-244);
semanas después, en una carta a Alfonso Reyes fechada el 20 de diciembre de 1923, insistirá, de forma más contundente si cabe, en esa misma idea:
   Pero advierto que me aparto del ánimo primero que me movía para escribirle. Ya usted adivina que es la revolución de México. [...] No pueden hacerse revoluciones a medias. Los gachupines poseen el setenta por cien de la propiedad territorial: Son el extracto de la barbarie íbera. La tierra en manos de esos extranjeros es la más nociva forma de poseer. [...] Nuestro México para acabar con las revoluciones tiene que nacionalizar la propiedad de la tierra, y el encomendero.
   [...] El General Obregón está llamado a grandes cosas en América. [...] A más que la revolución que México (sic), es la revolución latente en toda la América Latina. La revolución por la independencia, que no puede reducirse a un cambio de visorreyes, sino a la superación cultural de la raza india, a la plenitud de sus derechos, y a la expulsión de judíos y moriscos gachupines. Mejor, claro está, sería el degüellen. (en Juan Antonio Hormigon, 1987, pp. 561-562).
En ese contexto y desde esas posiciones ideológicas concibió el escritor la novela que había de publicar en 1926.

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Génesis de la novela

     Paralelamente a esa radicalización ideológica va creciendo en la mente de Valle-Inclán la idea de literaturizar su experiencia americana. Así lo manifiesta en una entrevista nada más desembarcar en Veracruz:
   Valle-Inclán nos habla después del proyecto suyo de escribir un libro, en el que figuren algunos motivos mexicanos. Él cree que hay muchas cosas que decir, que revelar respecto a nuestra alma nacional, y que un observador, si reúne además la condición de ser artista, es decir, de reflejar por medio del verbo humano lo que ha visto, lo que ha sentido, lo que ha amado, puede adquirir una personalidad más vigorosa por el solo hecho de haber escrito sobre tales cosas. (Roberto Barrios, «Don Ramón María del Valle-Inclán en México. En charla cordial y amena con el Marqués de Bradomín», El Universal, 19 de septiembre de 1921; en Dougherty, 1983, p. 111)
Descartado ya el viejo proyecto de su nonato Hernán Cortés, su primera intención es escribir una suerte de diario; pero, tras el regreso a Espaía, poco a poco una novela va tomando forma en su imaginario.
     El primer texto de creación en que hace patente la experiencia americana es, sin embargo, la "novela macabra" —claramente una pieza dramática y, como tal, estrenada en Barcelona el 20 de marzo de 1925— La cabeza del Bautista, que había visto la luz, junto a La rosa de papel, en la colección La Novela Semanal (141, 22 de marzo de 1924) y que a partir de 1927 sería incluida —ahora ya con el subtítulo de "Melodrama para marionetas"— en el Retablo de la Avaricia, la Lujuria y la Muerte. En dicha obra aparece ya deformada la figura del "gachupín" Don Igi, personaje con "un rictus de fantoche triste y hepático" (La cabeza del Bautista, Obra completa, II, p. 1175) que hubo de salir de Toluca y volver a la Madre Patria como consecuencia de la Revolución y de un turbio asunto familiar. El ambiente americano se completa con la figura del Jándalo Alberto Saco, el gaucho pampero enfrentado al indiano, y con el uso del léxico y el habla del otro lado del Atlántico.

     Por esas mismas fechas, Tirano Banderas empezaba ya a ser una realidad. La primera referencia a su proceso de redacción aparece en una carta a Alfonso Reyes fechada en la Puebla de Caramiíal el 14 de noviembre de 1923; en ella comenta el escritor que sus problemas de salud han dificultado la progresión del proyecto:
   Estos tiempos trabajaba en una novela americana: Tirano Banderas. La novela de un tirano con rasgos del doctor Francia, de Rosas, de Melgarejo, de López y de don Porfirio. Una síntesis el héroe, y el lenguaje una suma de modismos americanos de todos los países de lengua española, desde el modo lépero al modo gaucho. La República de Santa Trinidad de Tierra Firme es un país imaginario [...]. Para este libro mío, me faltan datos, y usted podía darme algunos, querido Reyes. Frente al tirano presento y trazo la figura de un apóstol, con más de Savonarola que de don Francisco Madero, aun cuando algo tiene de este Santo iluminado. ¿Dónde ver una vida de "El bendito don Pancho"? Trazo un gran cataclismo como el terremoto de Valparaíso, y una revolución social de los indios. Para esto último necesitaba algunas noticias de Teresa Utrera (sic), la Santa del Ranchito de Cavora. (en Hormigón, 1987, pp. 559-560).
A pesar de sus divergencias con el resultado final —el nombre del país imaginario, los modelos de Savonarola y Teresa de Urrea, el cataclismo—, parece ser que el plan de la novela estaba ya en esa fecha plenamente concebido; dos días después, en otra carta, comenta las dificultades que tiene para publicar la novela debido a sus problemas con la editorial Renacimiento (Hormigón, 1987, p. 561). La amistad con Alfonso Reyes se iba a concretar en una pequeía ayuda económica que el gobierno Obregón envió al escritor (Hormigón, 1987, pp. 563-564).
     Entre ese momento y junio de 1925 puede rastrearse en el epistolario el dilatado proceso de elaboración. En febrero de 1924, una carta enviada a Rivas Cherif y publicada en la revista Espaía nos trae de nuevo noticias acerca de esa "novela americana de caudillaje y avaricia gachupinesca" (C. Rivas Cherif, «La Comedia Bárbara de Valle-Inclán», Espaía, 16-II-1924; en Entrevistas, conferencias y cartas, p. 257); y, algunos meses después, el propio Rivas Cherif testimonia el avance del proyecto:
   Tomando pie de las palabras de D. Ramón sobre la influencia española en América, conseguimos al cabo que nos lea unos capítulos de su próxima novela Tirano Banderas, cuya acción transcurre en la República imaginaria (del natural) de Santa Fe de Tierra Firme.
   Digámoslo sin ambages: Tirano Banderas es la mejor obra del autor de las Sonatas [...]. Pudo alguien creer a la vuelta del viaje de Valle-Inclán a México [...] que no respondía bastante a nuestra curiosidad atenta el inmediato resultado polémico de la excursión. Pero ahí está ya esperando la Prensa ese magnífico Tirano Banderas [...]. (C. Rivas Cherif, «Bradomín en la Corte. Política literaria y literatura política», Heraldo de Madrid, 2-VIII-1924; en Dougherty, 1983, pp. 152-153).
Rivas Cherif parece haber tenido acceso directo a esa novela ubicada, ahora ya sí, en Santa Fe de Tierra Firme; y es que desde el verano de 1924 Valle-Inclán trabaja simultáneamente en Tirano Banderas y en La Corte de los milagros (1927). Pero todavía tendrá que esperar el autor casi un año para ver publicada, aunque sea fragmentariamente, su Novela de Tierra Caliente.
     Antes de la primera edición completa de la novela, Valle-Inclán entregó diversos fragmentos a diversas publicaciones periódicas; era éste, el de la publicación parcial de sus obras en la prensa, un recurso muy utilizado por el escritor. Acosado por serios problemas económicos, Valle-Inclán había firmado un contrato en exclusiva para la edición de sus obras completas con la editorial Renacimiento; ésta, sin embargo, dilataba al máximo la aparición de las mismas para, a juicio del propio escritor, aumentar sus deudas, estrecharle por hambre y "quedarse con todo mi trabajo de treinta años" (Carta a Alfonso Reyes, 16-XI-1923; en Hormigón, 1987, p. 561). En esas circunstancias, y ante la dificultad para encontrar editor, no es extraño el interés, a un tiempo literario y económico, del autor de Tirano Banderas por publicar, aun fragmentariamente y de modo inconcluso, algunos capítulos de su obra.

     Una buena parte de la misma vio la luz por primera vez, en el verano de 1925, en la revista salmantina El Estudiante. El semanario, denominado Revista de la juventud escolar española había empezado a publicarse, en su primera etapa salmantina, el 1 de mayo de 1925, poco después de la destitución de Unamuno de su cátedra; fundado y dirigido por el catedrático de Derecho Romano de la Universidad de Salamanca, Wenceslao Roces y Suárez, debía servir de instrumento en la lucha que estudiantes e intelectuales desarrollaban en contra de la Dictadura del general Primo de Rivera. Tras publicar trece números, en julio de 1925 la revista desaparece, probablemente por la presión de la censura; reaparecerá de nuevo, con la cabecera El Estudiante. Revista de la juventud española, en Madrid el 6 de diciembre de aquel año, dirigida ahora por Rafael Giménez Siles y con una amplia nómina de colaboradores (Rafel Alberti, Luis Araquistáin, Manuel Azaía, Luis Bagaría, Pío Baroja, Julión Besteiro, Enrique Díez Canedo, Corpus Barga, Juan Negrín, José Ortega y Gasset, Esteban Salazar Chapela, Cipriano de Rivas Cherif o Miguel de Unamuno, entre otros), hasta que, en mayo de 1926, desaparece definitivamente, en gran medida por culpa de una censura cada vez más intransigente y agudizada por el desasosiego que la revuelta estudiantil de ese mismo mes debió de producir en el Régimen.
     Fiel a esa orientación progresista, el número 8 de la revista (junio de 1925) estaba dedicado a la figura de José Vasconcelos, fundador de la Universidad Nacional Autónoma de México y Ministro de Educación Popular del gobierno Obregón, a quien Valle-Inclán había conocido durante su segundo viaje al país centroamericano (Vasconcelos había asistido a varias de las conferencias impartidas por el gallego; v. Sánchez-Colomer, 2002) y que se encontraba en ese momento de viaje por Espaía. José Vasconcelos estuvo en nuestro país hasta agosto de 1925 (se despide de Espaía en una carta al director de El Sol fechada el 13 de agosto y publicada el 16 de ese mismo mes, p. 1) y durante su visita el ministro fue invitado de honor del Congreso Nacional de Estudiantes, ante el que pronunció un pequeño discurso, y fue homenajeado por la Asociación Hispano-Americana con una cena en el hotel Ritz el 19 de junio, aunque las crónicas no seíalan la presencia en la misma de Valle-Inclán (La Prensa, 30-VI-1925, p. 2). Sí coincidieron, sin embargo, en otros eventos culturales, como la recepción de Eduardo Gómez de Baquero en la Real Academia Española, que tuvo lugar la tarde del domingo 21 de junio; la crónica que del acto hace el Heraldo de Madrid recoge algún comentario del orador dedicado a Valle.
     En homenaje a tan ilustre visitante —según indica la nota que precede al texto—, el escritor gallego iniciaba su colaboración en El Estudiante, tanto en su etapa salmantina como en la madrileía, con la publicación de algunos fragmentos de esta "preciosa novela inédita" («Tirano Banderas. El jueguito de la rana. Novela inédita por D.Ramón del Valle-Inclán», El Estudiante, VI-1925, p.3). En los seis números de junio y julio que preceden a la primera suspensión de la revista, Valle-Inclán va dando a la luz diversos fragmentos de la Primera Parte de la novela. En los primeros números de su etapa madrileía, El Estudiante inicia de nuevo la publicación de la novela, según explica la nota introductoria:
   De esta novela que don Ramón del Valle-Inclán nos entregó para su publicación en EL ESTUDIANTE apareció ya, en números anteriores, su primer capítulo. Como en esta reaparición cuenta nuestra Revista con una suma de lectores muy superior a la que antes disfrutaba, hemos decidido dar la hermosa novela de don Ramón desde un principio, seguros de que acertamos a satisfacer con tal determinación los deseos de nuestros lectores. (El Estudiante, 6-XII-1925, p. 6)
Así se hizo en doce de los catorce números que componen esta segunda etapa del semanario (puede verse en la Bibliografía la correspondencia entre esos fragmentos y la edición príncipe).
     Las entregas de El Estudiante, presentadas como partes de una "novela inédita", conforman, como ya vio Speratti-Pióero (1968, pp. 105-131 y 187-199), un estadio intermedio en el proceso de elaboración de la novela, y no hay que descartar la posibilidad de que Valle-Inclán fuera publicando la obra al tiempo que la iba corrigiendo. No voy a detenerme a analizar con detalle las muchas variantes que presentan ambas versiones, en parte ya estudiadas por Speratti-Pióero (aunque no pudiera ver los fragmentos publicados en los cuatro últimos números de la revista), si bien no me resisto a hacer algunas consideraciones generales al respecto.
     La mayor parte de dichos cambios son correcciones del estilo que generalmente mejoran y refuerzan la expresividad del texto, modificaciones en el nombre de determinados personajes y en los títulos de los capítulos; un ejemplo puede resultar ilustrativo del modo de proceder del autor en la revisión de sus textos:

   Famosas las ferias de Santos y Difuntos. La Plaza de Armas, Monotombo, y Arquillo de Madres habíanse trocado en zoco de boliches, pulperías, tabanquillos, ruletas y naipes. Ahumaban las candilejas de petroleo por las embocaduras de tutilimundis, tinglados y barracas. Los ciegos de guitarrón cantaban en los corros de pelados. El criollaje ranchero, poncho facón y jarano, estacionábase al ruedo de las mesas con tableros de azares y suertes fulleras. Circulaba en racimos la plebe cobriza, greñuda, descalza. Por las escalerillas de las iglesias, indios alfareros vendían esquilones y campanillas de barro con círculos y palotes en pinturas estentóreas y dramáticas. Beatas y pelones, mercaban los fúnebres barros de tañido tan triste que recordaba la tena y el caso del fraile peruano. Los ciegos de guitarrón con sus cuentos truculentos de milagros y ladrones, divertían en los ruedos de la feria. A cada vuelta saltan risas y brabatas. Corre la chusma. Hay anuncio de toro candil en los Portalillos de Penitentes. Por la Ronda ya están apagadas las luminarias, al procuro de hacer más vistoso el candil del bulto toreado. Quiebra el oscuro en el vasto cielo, la luna chocarrera y cacareante. En los portalitos, por las pulperías de cholos y lepes, la guitarra rasgueaba los corridos de Milagros y Ladrones.

(«Libro quinto. El congal de Cucarachita», El Estudiante, 21-III-1926, p.7)
   
¡Famosas aquellas ferias de Santos y Difuntos! La Plaza de Armas, Monotombo, Arquillo de Madres, eran zoco de boliches y pulperías, ruletas y naipes. Corre la chusma, a los anuncios de toro candil en los Portalitos de Penitentes: Corren las rondas de burlones apagando las luminarias, al procuro de hacer más vistoso el candil del bulto toreado. Quiebra el oscuro en el vasto cielo, la luna chocarrera y cacareante: Ahúman las candilejas de petróleo por las embocaduras de tutilimundis, tinglados y barracas: Los ciegos de guitarrón cantan en los corros de pelados: El criollaje ranchero —poncho, facón, jarano— se estaciona al ruedo de las mesas con tableros de azares y suertes fulleras. Circula en racimos la plebe cobriza, greñuda, descalza, y por las escalerillas de las iglesias, indios alfareros venden esquilones de barro con círculos y palotes de pinturas estentóreas y dramáticas. Beatas y chamacos, mercan los fúnebres barros, de tañido tan triste que recuerdan la tena y el caso del fraile peruano. A cada vuelta saltan risas y bravatas. En los portalitos, por las pulperías de cholos y lepes, la guitarra rasguea los corridos de milagros y ladrones:
Era Diego Pedernales.
de buena generación.
(Tirano Banderas, Novela de Tierra Caliente (Opera omnia, t. 16), Madrid, Rivadeneyra, 15 de diciembre de 1926, pp. 107-108)

Obsérvese que, además del sistemático cambio en el tiempo de los verbos que acentúa el caracter presentativo del relato, hay una reestructuración general del párrafo que, tal y como queda en la edición definitiva, va de la panorámica general de las multitudes en movimiento, a los detalles más concretos de la feria. En general Valle-Inclán corrige para mejorar el texto, para adaptarlo a la nueva ubicación de los episodios, para perfilar mejor a un personaje o la descripción de un lugar; la intensa labor de pulimentación a que sometió el autor a su obra en unos escasos meses aparece claramente plasmada en la comparación de esas dos versiones que, si bien no difieren excesivamente, son ejemplo del perfeccionismo del escritor.
     Más interesantes son, en cambio, las diferencias en la concepción estructural de la novela; si en lo publicado en El Estudiante el texto sigue una estricta linealidad temporal y causal, en las primeras ediciones Valle-Inclán reforzará, como ya se analiza en otro capítulo de esta «Introducción», las alteraciones temporales y los juegos de simetría. Así, por ejemplo, todas las cuestiones relativas al Barón de Benicarlés y al Cuerpo Diplomático están reunidas en las tres entregas del Libro Segundo (números 3, 4 y 6); sin embargo, en la primera edición Valle-Inclán desplazará, con la excusa de un aplazamiento, la reunión del Cuerpo Diplomático hacia el final de la novela; ello, como sagazmente vio Speratti-Piñero (1968, pp. 108-109), le permitía eliminar el personaje de la alcahueta —cuya presencia fugaz e inmotivada en el Libro Tercero de la Sexta Parte refuerza el carácter absurdo del pasaje— e introducir la entrevista del Barón de Benicarlés con Currito Mi-Alma, personaje que en la primera versión solamente era mencionado.
     Ese desplazamiento le servía, además, para construir una nueva estructura de la novela que buscaba la simetría entre el Libro Segundo de la Primera Parte, «El Ministro de España», y el Libro Segundo de la Séptima Parte, «La terraza del club». Del mismo modo procede con el episodio de la detención de Nachito Veguillas; si en la versión de El Estudiante hallábamos dentro del mismo Libro Sexto, «Final de la farra», la huida del congal de Cucarachita y el ingreso en Santa Mónica (que continuaba en el Libro Séptimo, «El Fuerte de Santa Mónica»), en el texto de la primera edición todo lo relativo a la penitenciaría ha sido desplazado a la Quinta Parte, «Santa Mónica», con lo que la contigüidad queda de nuevo sustituida por la simetría de los acontecimientos relacionados causalmente (Tercera y Quinta Parte). Esa misma justificación tiene, además, la adición del «Prólogo», que anticipa el desenlace de la obra y halla su continuidad en el «Epílogo».
     De modo análogo, la sucesión de los siete primeros "Libros" publicados en El Estudiante sufrirá una reorganización, acorde con la nueva concepción simétrica, en "Partes" compuestas —con excepción de la Cuarta— por tres libros cada una. Así, el Libro Primero y la primera parte del Libro Segundo de la revista formarán en la edición de Rivadeneyra los tres libros de la Primera Parte; el Libro Tercero y el Cuarto, constituyen los tres libros de la Segunda Parte; el Quinto y la primera mitad del Sexto, se convierten en los tres libros de la Tercera Parte. Consecuentemente con esta nueva estructura, será necesario reorganizar la distribución de capítulos para equilibrar los diferentes libros de cada parte, y así, por ejemplo, el capítulo VII del Libro Primero, «El jueguito de la rana», será desglosado en caps. VII y VIII del Libro Primero de la Primera Parte; o el capítulo II del Libro Segundo, «El Honorable Cuerpo Diplomático», se convierte en II, III, IV y V en el Libro Segundo de la Primera Parte.
     En la primera edición Valle-Inclán añade también algún episodio que, si bien en un principio parece tener escasa trascendencia en el desarrollo del argumento, luego se demuestra esencial en la cohesión del mismo. Así sucede, por ejemplo, con el capítulo III del Libro Tercero de la Tercera Parte —especialmente significativo si tenemos en cuenta la particular devoción del autor por ese número—, que no figuraba en la versión de El Estudiante; en él Valle-Inclán interrumpe el episodio de la huida de Nachito y el Coronel de la Gándara para presentarnos la entrada del Mayor del Valle, quien anda buscando a Domiciano, en el congal de Cucarachita. En realidad, ese añadido supone un pequeño flash-back, ya que se nos está mostrando a un mismo personaje —el Mayor del Valle— ubicado casi simultáneamente en dos lugares diferentes, el congal y la casa del estudiante, pues inmediatamente se enlaza con la detención de Veguillas y de su ocasional acompañante. De acuerdo con esa nueva concepción del tiempo en la novela, Valle-Inclán se permite en la redacción definitiva ese juego caleidoscópico que parece justificar en las primeras líneas del capítulo siguiente, que tampoco estaban en El estudiante.
     Por otra parte, la inclusión de ese nuevo capítulo va a tener también una enorme importancia en el desarrollo argumental de la novela. El registro del Mayor del Valle en el prostíbulo de la Taracena justifica que más adelante, en el capítulo IV del Libro Segundo de la Cuarta Parte, Melquiades advierta al "honrado" gachupín Quintín Pereda de la detención de aquélla y de cómo "parece complicada en la evasión del Coronel Gandarita", lo que alerta inmediatamente al empeñista y le decide a denunciar a la compañera de Zacarías que le había empeíado la tumbaga; la denuncia provoca la detención y la trágica muerte del chamaco, cuyo cadáver, convertido en amuleto, empuja a Zacarías a la venganza. Y es que, en una novela tan perfectamente trabada como ésta, la adición de un episodio no puede ser nunca caprichosa.
     Algo parecido sucede con el capítulo V del Libro Primero de la Tercera Parte. Entre los personajes que pueblan esa «Noche de farra» en el burdel de Cucarachita, aparece, fugazmente en la versión de El Estudiante, el Doctor Polaco. A la secuencia que muestra el experimento hipnótico que el farandul realiza con Lupita, añadirá Valle-Inclán en la primera edición el capítulo en el que el discípulo de Mesmer propone a la daifa redimirla y llevarla de gira por los teatros. El episodio profundiza en la caracterización de ese personaje como doctorcito de opereta —o, mejor, de folletín—, caracterización que se completará en un nuevo párrafo añadido al final del capítulo III del Libro Segundo de esa misma Tercera Parte, en el que el Doctor Polaco, celoso de la fama de Nachito, hace juegos de manos a las manflotas, y, hacia el final de la novela, en el Libro Tercero de la Séptima Parte, durante su actuación estelar ante el Tirano.
     Otras veces se trata simplemente de la reordenación de capítulos o del traslado de algún fragmento. En cuanto a lo primero, habría que señalar el nuevo orden que confiere a los capítulos del Libro Primero de la Tercera Parte. En El Estudiante la secuencia se abría con la actuación del ciego Velones y su hija, seguía con el episodio de la hipnosis de Lupita, la panorámica de las ferias de Santos y Difuntos, y la imagen de Domiciano cantando con su guitarrón el corrido de Diego Pedernales, que enlazaba con la escena de Nachito y Lupita en la Recámara Verde; en la primera edición Valle-Inclán reordena esa secuencia para que el mencionado corrido sirva de hilo conductor de una serie de escenas simultáneas: inicia el libro, como era más lógico, con la digresión sobre las ferias de Santos y Difuntos, al final de la cual un anónimo cholo canta los primeros versos del corrido, que no estaban en la primera versión; sigue el episodio de la hipnosis, la imagen de Domiciano cantando el corrido, la actuación del ciego y su hija, el capítulo añadido del Doctor Polaco y, ya en el Libro Segundo, la escena de Nachito y Lupita en la Recámara Verde, que se inicia con otra estrofa del corrido. De nuevo, aunque esta vez en menor escala, la intercalación de escenas de diversos episodios rompe la secuencia causal y refuerza la sensación de simultaneidad.
     Finalmente, a veces el simple traslado de un párrafo puede ser muy significativo: el primer capítulo del Libro Primero de la Quinta Parte se hallaba, en la versión de El Estudiante, semioculto en el centro del capítulo cinco del Libro Sexto, «Final de la farra»; al separarlo y situarlo al frente de un Libro, se destaca su importancia y su función: nos explica cómo las leyendas que rodeaban al Fuerte de Santa Mónica habían ganado, merced a los juicios sumarísimos y los fusilamientos cotidianos, mucho valimiento bajo la tiranía de Santos Banderas.

     Poco después de la publicación de parte de la novela en El Estudiante, Valle-Inclán daba a la prensa un nuevo anticipo de la obra; se trata de «Lección de Maquiavelo», aparecido en El Liberal de Bilbao (10 de julio de 1926, p. 3), descubierto y reproducido por Dru Dougherty (1999, pp. 261-270), y que contiene, con algunas variantes, lo que luego será el Libro Primero, «Lección de Loyola», de la Sexta Parte «Alfajores y venenos». Más allí del cambio en el título, dicho fragmento incorpora un primer capítulo que describe brevemente el perfil del castillo de San Martín de los Mostenses, y que luego será trasladado al capítulo II del Libro Primero de la Primera Parte y repetido casi textualmente al final del Libro Segundo de esa misma Parte; también al capítulo II del fragmento publicado en El Liberal se añaden unas líneas que desarrollan el "terror teológico" de la plebe indígena ante el dictador. Por lo demás, más alla de la diferente numeración de los capítulos, el cambio de algún nombre —Don Teles por Don Celes, como tambión figuraba en los fragmentos de El Estudiante—, algún que otro párrafo añadido con posterioridad —por ejemplo, al final del capítulo II (luego III)—, una agilización del diálogo entre el Tirano y Doña Rosita Pintado, la inclusión de una conversación entre Santos Banderas y Don Celes, que aquí ocupa el capítulo V y que luego será, con notables variantes que subrayan el cinismo del dictador, reubicada en el capítulo VI del Libro Primero de la Primera Parte, y la ausencia del reencuentro en Santa Mónica entre el Tirano y Nachito Veguillas —que en la versión definitiva ocupará el capítulo VI de este mismo Libro de la Sexta Parte— el texto es prácticamente idéntico al de la primera edición, lo que, sin duda, denota un proceso de elaboración algo más avanzado.

     Cuatro meses después de la aparición del último de los capítulos en El Estudiante, la novelita Zacarías el Cruzado o Agüero nigromante (La Novela de Hoy, 1926), publicada como novela independiente por motivos externos y ajenos al desarrollo de la obra, continúa el argumento en el punto en que se había quedado en mayo, con la fuga del coronelito Domiciano de la Gándara y la detención de Nachito (hay que tener en cuenta al respecto que los sucesos de la Quinta Parte, ubicados en el penal de Santa Mónica, son temporalmente simultáneos a lo relatado en la Cuarta Parte). El folleto se abre con una breve entrevista, «A manera de prólogo. Hablando con Valle-Inclán» (pp. 3-5), firmada por el periodista y novelista Mariano Tomás —quien en 1932 disputaría al escritor gallego el premio Fastenrath—; en ella se alude a la próxima publicación de Tirano Banderas sin hacer explícito que las páginas que le siguen forman parte de dicha novela, lo que induce a pensar que, tal vez, dicha entrevista fuera realizada para otro medio y recuperada para ser incluida en esta publicación. En lo que al texto se refiere, Zacarías el Cruzado o Agüero nigromante presenta ya, más allá de la divergente división en capítulos, escasas variantes con respecto al texto definitivo; las más destacables sean, tal vez, la adición de unas líneas en el primer capítulo del Libro Primero, «La fuga», que sitúan al lector en antecedentes acerca de la huida de Domiciano —algo que, evidentemente, se convirtió en superfluo en la edición completa de la novela—, y el traslado de la primera aparición de la Niña ranchera, esposa de Filomeno Cuevas, que aquí se halla al principio del Libro Quinto y que en las ediciones posteriores pasa a ocupar el capitulo III del Libro Tercero. En cualquier caso, este anticipo evidencia ya un estadio de elaboración de la obra más próximo al definitivo que los anteriores.

     Antes de la primera edición en libro, todavía habría de aparecer, en octubre de ese mismo año, otro fragmento de la novela, en este caso el «Prólogo», en la revista Verba de Gijón (véase Dru Dougherty, 1999, p. 39), donde el escritor había estado en agosto; puesto que dicho fragmento no había aparecido en El Estudiante, cabe deducir que, o bien Valle-Inclán lo redactó en fecha posterior a la publicación de la revista, o bien que, habiéndolo ya escrito, decidió con posterioridad desplazarlo y situarlo al frente de la obra, con lo que, además de reforzar la estructura circular de la novela, pretendía probablemente dar especial relieve a la determinación revolucionaria de Filomeno Cuevas y sus peones, en especial el propio Zacarías. En cualquier caso, el hecho de que apenas hubiera diferencia entre este fragmento y el «Prólogo» que contiene la primera edición de la obra indican que el proceso de reelaboración del texto debía de haber concluido, incluso que, como apunta Dougherty, tal vez el autor enviara a la revista asturiana una copia del manuscrito que ya había dado a la imprenta, o incluso las primeras pruebas.

     Finalmente, el 15 diciembre de ese mismo año y como volumen XVI de las Opera Omnia del autor, se terminaba de imprimir en los talleres de Rivadeneyra la primera edición completa de Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente. Ante las dificultades que tuvo para encontrar un editor, el escritor optó por sufragar él mismo los gastos de la edición y comercializarla a través de la librería de Meléndez; Dougherty (1999, pp. 40-44) apunta la posibilidad de que la obra viera la luz gracias a las cinco mil pesetas que el diario bonaerense La Nación le pagó por la publicación en sus páginas de La corte isabelina, primera versión de La corte de los milagros. Sea como fuere, la aparición de un texto como éste no iba a dejar indiferente a casi nadie (véase el apartado dedicado a la «Primera recepción» en el capítulo 6, «La crítica ante Tirano Banderas», de esta «Introducción»).


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Introducción, notas y Apéndice a Ramón del Valle-Inclán, Tirano Banderas por Juan Rodríguez
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